18 de diciembre de 2013

Las personas con hipertimesia también crean recuerdos falsos

Las personas que padecen hipertimesia, un síndrome que causa una memoria autobiográfica muy superior a la normal, también se pueden ver afectadas por recuerdos falsos. Estas mentiras se originan en el cerebro por la asociación de objetos, la valoración personal de eventos pasados o por la propia imaginación.

Un reciente estudio ha comparado las capacidades de memoria de 38 personas normales con otras 20 que padecían hipertimesia. Les hicieron pasar una serie de pruebas para medir la distorsión de la memoria, incluido un test en el que se induce a los participantes a informar erróneamente sobre un accidente de avión inexistente. Los autores no encontraron ninguna diferencia entre el grupo de estudio y el de control.  Tanto las personas con hipertimesia como aquellas con una capacidad de recuerdo normal poseían la misma susceptibilidad a los recuerdos falsos.

Un estudio anterior había demostrado que la tendencia a generar recuerdos verdaderos y falsos se relaciona con las diferencias individuales en la sustancia blanca cerebral, una parte del sistema nervioso central compuesta de fibras nerviosas cubiertas de mielina.



12 de diciembre de 2013

¿Memoria fotográfica?

Tomar fotografías durante la visita a un museo puede deteriorar los recuerdos precisos.


En la actualidad, durante la visita a un museo o a un monumento, resulta habitual encontrar nativos y foráneos con la cámara digital o el teléfono inteligente en mano para apuntar y disparar sobre alguna pieza de arte u objeto histórico. La memoria del dispositivo retiene la imagen. Mas ¿permanecen los elementos retratados también en la memoria del visitante?

Aunque fotografiar parece una buena manera de preservar el momento en el recuerdo, durante una visita al museo puede ser más aconsejable dejar la fotografía para más tarde, según una reciente investigación. «A menudo la gente saca su cámara, casi sin pensar, para capturar un momento, hasta el punto de que se están perdiendo cuanto sucede justo frente a ellos», indica Linda Henkel, de la Universidad de Fairfield y autora del estudio.

Recuerdos más vagos

Con el fin de averiguar el grado en que la captura fotográfica de eventos influye en su recordación posterior, Henkel llevó a un grupo de universitarios de visita a un museo. Pidió a unos cuantos de ellos que utilizaran la cámara para tomar nota de los objetos que veían; otros tan solo debían contemplar las piezas expuestas. Al día siguiente se puso a prueba la memoria de los voluntarios. 

Según se descubrió, los participantes que habían retratado las obras de arte con la cámara eran menos precisos en el reconocimiento de las piezas que habían visto en comparación con aquellos que «solo» las habían observado. Por otra parte, los primeros no fueron capaces de responder a tantas preguntas acerca de los detalles visuales de los objetos. En palabras de Henkel, se trata de un «efecto de deterioro por la toma de fotografías». Según explica: «Cuando las personas confían en la tecnología para que recuerde por ellos, contando con que la cámara grabará el evento y así no deben reparar en él plenamente, puede ejercer un impacto negativo en el recuerdo de la experiencia».

En un segundo ensayo, a parte de confirmarse los primeros resultados, se halló que el uso del zum de la cámara para fotografiar los detalles de un objeto, puede preservar en la memoria la pieza en su conjunto, no la particularidad retratada. «Estos resultados demuestran que el "ojo de la mente" y el ojo de la cámara no son lo mismo».


Con todo, la mayoría de los visitantes de museos probablemente argumenten que toman imágenes para mirarlas  con tranquilidad más tarde. Ahora bien, ¿ayuda a la recordación el hecho de revisar las fotografías que se han tomado? El reciente estudio sugiere que así es, pero solo si la persona se tomó en su momento el tiempo necesario para fijarse en el objeto. «La investigación ha sugerido que el volumen y la falta de organización de fotografías digitales desalienta a muchas personas a acceder a ellas y recordarlas», apunta Henkel «Con el fin de recordar, debemos acceder e interactuar con las fotografías, en lugar de, simplemente, acumularlas», concluye.

Tomado de: http://www.investigacionyciencia.es/noticias/memoria-fotogrfica-11664

4 de diciembre de 2013

TED Talks Education (9 talks)

How can we create an education system that works for kids, instead of against them? Watch eight inspiring talks (and one beautiful performance) from TED's May 2013 PBS special, given in their entirety.

Para ver los videos haga clic AQUI
Subtituladas al español.


3 de diciembre de 2013

How your "working memory" makes sense of the world

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Fearful memories haunt mouse descendants

Genetic imprint from traumatic experiences carries through at least two generations.

Certain fears can be inherited through the generations, a provocative study of mice reports1. The authors suggest that a similar phenomenon could influence anxiety and addiction in humans. But some researchers are sceptical of the findings because a biological mechanism that explains the phenomenon has not been identified.

According to convention, the genetic sequences contained in DNA are the only way to transmit biological information across generations. Random DNA mutations, when beneficial, enable organisms to adapt to changing conditions, but this process typically occurs slowly over many generations.

Yet some studies have hinted that environmental factors can influence biology more rapidly through 'epigenetic' modifications, which alter the expression of genes, but not their actual nucleotide sequence. For instance, children who were conceived during a harsh wartime famine in the Netherlands in the 1940s are at increased risk of diabetes, heart disease and other conditions — possibly because of epigenetic alterations to genes involved in these diseases2. Yet although epigenetic modifications are known to be important for processes such as development and the inactivation of one copy of the X-chromsome in females, their role in the inheritance of behaviour is still controversial.

Kerry Ressler, a neurobiologist and psychiatrist at Emory University in Atlanta, Georgia, and a co-author of the latest study, became interested in epigenetic inheritance after working with poor people living in inner cities, where cycles of drug addiction, neuropsychiatric illness and other problems often seem to recur in parents and their children. “There are a lot of anecdotes to suggest that there’s intergenerational transfer of risk, and that it’s hard to break that cycle,” he says.

Heritable traits

Studying the biological basis for those effects in humans would be difficult. So Ressler and his colleague Brian Dias opted to study epigenetic inheritance in laboratory mice trained to fear the smell of acetophenone, a chemical the scent of which has been compared to those of cherries and almonds. He and Dias wafted the scent around a small chamber, while giving small electric shocks to male mice. The animals eventually learned to associate the scent with pain, shuddering in the presence of acetophenone even without a shock.

This reaction was passed on to their pups, Dias and Ressler report today in Nature Neuroscience1. Despite never having encountered acetophenone in their lives, the offspring exhibited increased sensitivity when introduced to its smell, shuddering more markedly in its presence compared with the descendants of mice that had been conditioned to be startled by a different smell or that had gone through no such conditioning. A third generation of mice — the 'grandchildren' — also inherited this reaction, as did mice conceived through in vitro fertilization with sperm from males sensitized to acetophenone. Similar experiments showed that the response can also be transmitted down from the mother.

These responses were paired with changes to the brain structures that process odours. The mice sensitized to acetophenone, as well as their descendants, had more neurons that produce a receptor protein known to detect the odour compared with control mice and their progeny. Structures that receive signals from the acetophenone-detecting neurons and send smell signals to other parts of the brain (such as those involved in processing fear) were also bigger.

The researchers propose that DNA methylation — a reversible chemical modification to DNA that typically blocks transcription of a gene without altering its sequence — explains the inherited effect. In the fearful mice, the acetophenone-sensing gene of sperm cells had fewer methylation marks, which could have led to greater expression of the odorant-receptor gene during development.

But how the association of smell with pain influences sperm remains a mystery. Ressler notes that sperm cells themselves express odorant receptor proteins, and that some odorants find their way into the bloodstream, offering a potential mechanism, as do small, blood-borne fragments of RNA known as microRNAs, that control gene expression.

Contentious findings

Predictably, the study has divided researchers. “The overwhelming response has been 'Wow! But how the hell is it happening?'" says Dias. David Sweatt, a neurobiologist at the University of Alabama at Birmingham who was not involved in the work, calls it “the most rigorous and convincing set of studies published to date demonstrating acquired transgenerational epigenetic effects in a laboratory model".

However, Timothy Bestor, a molecular biologist at Columbia University in New York who studies epigenetic modifications, is incredulous. DNA methylation is unlikely to influence the production of the protein that detects acetophenone, he says. Most genes known to be controlled by methylation have these modifications in a region called the promoter, which precedes the gene in the DNA sequence. But the acetophenone-detecting gene does not contain nucleotides in this region that can be methylated, Bestor says. "The claims they make are so extreme they kind of violate the principle that extraordinary claims require extraordinary proof,” he adds.

Tracy Bale, a neuroscientist at the University of Pennsylvania in Philadelphia, says that researchers need to “determine the piece that links Dad's experience with specific signals capable of producing changes in epigenetic marks in the germ cell, and how these are maintained”.

“It's pretty unnerving to think that our germ cells could be so plastic and dynamic in response to changes in the environment,” she says.

Humans inherit epigenetic alterations that influence behaviour, too, Ressler suspects. A parent’s anxiety, he speculates, could influence later generations through epigenetic modifications to receptors for stress hormones. But Ressler and Dias are not sure how to prove the case, and they plan to focus on lab animals for the time being.

The researchers now want to determine for how many generations the sensitivity to acetophenone lasts, and whether that response can be eliminated. Scepticism that the inheritance mechanism is real will likely persist, Ressler says, “until someone can really explain it in a molecular way”, says Ressler. “Unfortunately, it’s probably going to be complicated and it’s probably going to take a while.”

Tomado de: http://www.nature.com/news/fearful-memories-haunt-mouse-descendants-1.14272?WT.ec_id=NEWS-20131203
Nature doi:10.1038/nature.2013.14272

22 de noviembre de 2013

¿Qué tan falsas son tus memorias?

LOS RESULTADOS DE ESTE EXPERIMENTO NOS HACEN DUDAR INCLUSO DEL FAMOSO PERSONAJE DE BORGES, IRENEO FUNES, EL MEMORIOSO.

Aunque no es algo nuevo decir que la memoria humana constantemente se equivoca, sí lo es demostrarlo científicamente. En efecto, sólo basta platicar con dos personas distintas que fueron al mismo evento para comprobar, entre otras cosas, que la memoria humana no sólo es selectiva, sino que incluso puede albergar recuerdos falsos. Éste es un hecho tan conocido que los psicólogos ya no ven como un simple error un recuerdo distorsionado dentro de la narración de una persona, sino que han incluido el análisis de esos “errores” como una herramienta muy útil para elaborar el psicodiagnóstico del paciente: ¿por qué recuerda las cosas precisamente así? ¿cuáles son las causas que lo llevan a equivocar esto y no aquéllo? ¿por qué no mencionó algo tan relevante como esto? Sabemos que la memoria nos engaña cuando, por ejemplo, nos encontramos en una reunión familiar y nuestra hermana jura y perjura que alguno de nosotros, vegetariano, ama el pavo de navidad porque ella dice recordar cómo la delectación con que lo engullía el entonces joven pariente, a quien, si le preguntan, dirá que tal cosa no pudo haber sido nunca verdad.

En resumidas cuentas, la falibiliad de la memoria humana se materializa a cada momento. No obstante, en el sistema de justicia actual se le otorga un gran peso a los testimonios de testigos y en la vida cotidiana se libran verdaderas batallas conceptuales cuyos argumentos se basan en la “certeza” que tienen los que discuten acerca de sus recuerdos y experiencias.

Entonces, lo que hicieron siete investigadores de la Universidad de California en Irvine fue poner a prueba a un grupo de personas con una memoria autobiográfica altamente superior (HSAM, por sus siglas en inglés), en un estudio publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences de Estados Unidos. Sí, existen (pocas) personas que tienen una capacidad impresionante para recordar eventos de su vida, incluso eventos muy lejanos. Tomemos como ejemplo a Frank Healy, una de las cincuenta personas confirmadas con HSAM en E.U., que, al preguntarle una fecha al azar, digamos 25 de marzo de 1996, puede reconstruir sus acciones de aquel día, incluyendo las más insignificantes: qué desayunó, qué canción sonaba en la radio mientras se dirigía a su trabajo, etc. Bueno, pues incluso entre este grupo de personas con memoria autobiográfica excepcional se encontró que su cerebro reconstruye recuerdos incorporando eventos posteriores a éstos (es decir, “contaminando” el recuerdo inicial), y que también usan asociaciones para recordar, lo que necesariamente introduce desinformación o variantes en lo que “verdaderamente” haya sucedido.

El resultado del experimento se reduce a una frase: nadie es inmune a tener falsos recuerdos. Lo que ya sabíamos ahora es comprobado científicamente, evento que puede significar una amenaza para todas la actividades que se basan en la memoria de sucesos pasados como herramienta principal.

Al final, lo que se destaca una vez más es que la identidad del ser humano, íntimamente ligada a la memoria, es una actividad narrativa, y como tal, cambiante, según las perspectivas desde que se la aborde (situaciones emocionales, distancia temporal, deseos y expectativas que se tienen sobre uno mismo, etc.

Tomado de: http://pijamasurf.com/2013/11/nuevo-experimento-demuestra-la-falibilidad-de-la-memoria-humana/

8 de noviembre de 2013

Aprender bajo estrés

Las situaciones estresantes dificultan el aprendizaje a los varones; en cambio, algunas mujeres memorizan mejor bajo presión.

El estrés puede facilitar o mermar el aprendizaje, todo depende del momento: la exposición a un breve estímulo estresante justo antes de un suceso puede reforzar la memoria a largo plazo de tal acontecimiento. En cambio, de ocurrir la experiencia de estrés treinta minutos antes, el aprendizaje se ve perjudicado. Un estudio publicado en Neurobiology of Learning and Memory el pasado mes de febrero señala que el efecto depende también del sexo de la persona.

Para la investigación se dividió de manera aleatoria a hombres y mujeres en dos grupos. En uno, los probandos debían sumergir una mano en agua helada; en el otro, la metieron en agua tibia. Treinta minutos después, debían memorizar una lista de palabras, cuya recordación se comprobó pasadas 24 horas.

Los varones que exhibieron una robusta respuesta fisiológica al estrés producido por la inmersión en frío, según indicaron los niveles de concentración de la hormona cortisol en sangre, no lograron recordar tantas palabras como los menos afectados por la sensación de frío ni como los hombres del grupo de control o las mujeres de ambos grupos. Por su parte, las mujeres con mínima respuesta de cortisol al agua helada rindieron mejor que los grupos de control, aunque la diferencia fue escasa. «Los hombres muestran mayor sensibilidad al menoscabo de aprendizaje y memorización, en relación con el estrés y el cortisol», explica Phillip R. Zoladz, coautor del estudio y profesor de psicología en la Universidad Ohio del Norte. Ciertas investigaciones sugieren que, en la mujer, los efectos del estrés pueden estar mediados por el estadio del ciclo menstrual, lo cual puede alterar la sensibilidad a las hormonas de estrés. El estudio no analizó dicha variable.

Solo un test fisiológico puede determinar si la memoria es vulnerable al estrés preaprendizaje, aunque ciertas señales (la aceleración cardíaca y el sudor de las palmas de las manos) pueden indicar la propensión a dicho efecto. De ser así, tal vez ayuden ciertas técnicas de refuerzo mnemotécnico. «Si el estrés le hace olvidadizo, pueden serle útiles los recordatorios que despierten un recuerdo, por ejemplo, los pósit o el clásico lacito en el dedo», aconseja Zoladz.

Tomado de: Investigación y Ciencia.

7 de noviembre de 2013

Las proteínas de la buena memoria

Diálogos con Ramiro Freudenthal, doctor en Biología e investigador  del Conicet (Argentina).



Los caminos de la memoria permanecen como un territorio misterioso. Se sabe que se recuerda mejor todo aquello que tiene un componente emocional. Pero la formación de la memoria de largo término sigue siendo un complejo e intrincado mecanismo químico.

Por Leonardo Moledo

Cuénteme a qué se dedica.

–Mi tema de investigación es la consolidación de la memoria de largo término, tratando de dilucidar cómo suceden algunos cambios en el sustrato nervioso que permiten que uno pueda almacenar memoria.

El problema de la memoria es uno de los centrales de la neurología, porque tiene que ver con la existencia misma del sujeto como sujeto. Si no hubiera memoria reciente, no habría sujeto. ¿Cómo es el tema de la memoria? ¿Qué se almacena y qué no se almacena?

–Eso es muy interesante. No es exactamente el objeto de mi estudio, pero le puedo contar algo. Uno filtra todos los inputs sensoriales según algún tipo de filtro que impone el sistema nervioso.

–¿Se sabe algo de eso?

–Sí, se saben las cosas más clásicas. Por ejemplo, todas las cosas que tienen un componente emocional se recuerdan muchísimo más. Es un marcador de importancia almacenada. Eso es de lo que más se conoce. Hay varios centros en el cerebro, algunos más ocupados de procesar la parte sensorial y otros de darle al hecho la importancia que le corresponde. Por ejemplo, la amígdala regula el almacenamiento de la memoria emocional, hay otra entrada que es regulada por el hipocampo y que tiene que ver más con información espacial, de lugares, cuestiones geográficas. Esas cosas, por ejemplo, se graban más si la amígdala se está activando al mismo tiempo. Ese es un ejemplo.

–Y usted, particularmente, ¿qué hace?

–En el laboratorio trabajamos hace un tiempo sobre ciertos descubrimientos. Actualmente, yo trabajo en ratón, pero inicialmente estudiaba al cangrejo. Lo que estudiábamos era cómo era necesaria la producción de cierta cantidad de proteínas nuevas para el almacenamiento de memoria de largo término. Y esencialmente no estudiábamos las proteínas nuevas, sino cómo se regulaba la expresión a través de factores de transmisión, las llaves que regulaban la expresión de proteínas después de un aprendizaje y durante el tiempo de consolidación de una memoria de largo término.

–¿Cómo es ese proceso?

–Hay un evento de aprendizaje. Por ejemplo, algo biográfico. Entonces lo que vayamos a almacenar por largo término, aquello a lo que le demos importancia...

Eso se almacena en algún lugar.

–Sí. Lo de más corto término no sé decirle dónde se almacena. Un corto término intermedio se almacena en el hipocampo. Ese es nuestro objeto de investigación.

–¿Por qué habla de corto término intermedio?

–Porque hay procesos de más corto término que no sabemos bien cómo operan. Por ejemplo, que estemos procesando palabras pero no podamos recordar la secuencia. Esa es la famosa memoria de trabajo. Pero sí sabemos que cuando van a ser de más largo plazo de almacenamiento, las procesa el hipocampo y luego pasan a corteza. Nosotros llamamos “memoria de largo término” cuando dura (por ejemplo, en un ratón, que tiene una vida relativamente corta) varios días. Y ese tipo de memoria requiere de síntesis proteica.

–O sea, requiere que el cerebro sintetice proteínas nuevas.

–Así es. Y en ciertos lugares específicos. Nuestro trabajo inicial fue ver qué proteínas específicas, reguladas por los factores de transcripción, era necesario que se expresaran y probar que eran efectivamente necesarias para la memoria de largo término, con el típico experimento de inhibirlos y ver que el animal que rendía correctamente era el que no las tenía inhibidas.

–Un aprendizaje, para que se almacene, tiene que transformarse en algo químico o eléctrico.

–Sí.

–¿Y en qué se transforma?

–En algún momento, en mecanismos posiblemente reverberantes o modificaciones rápidas, como fosforilaciones de algún sustrato. Y en tiempos más largos se transforma en nuevas conexiones, conexiones sinápticas más grandes, o directamente estructuras nuevas, sinapsis nuevas, proteínas nuevas, que lo que permiten es fortalecer la sinapsis entre neuronas. Muchas de las cosas que se expresan o aparecen más son, por ejemplo, receptores en algunas neuronas. Más receptores hacen que la comunicación sea más efectiva y la sinapsis funcione mejor. En definitiva, lo que uno hace es mucho más complejo. En el modelado, lo que uno hace es expresar proteínas y “podar” otras, remodelando el circuito que uno tenía, potenciando ciertas partes y disminuyendo otras. La idea, como yo me la imagino, es fortalecer una vía respecto de otras.

–¿Cuál es la unidad de memoria?

–En una computadora, el bit, pero en la memoria nuestra no sabría decirle.

–Pero la de un ratón que aprende dónde está la comida...

–En realidad, no es eso lo que aprende. Nosotros ponemos al ratón en una pequeña plataforma y lo que hace es ingresar a un cuartito oscuro que está después de la plataforma. Entra porque se siente más seguro y hay menos luz adentro. Una vez que entra a este lugar, recibe un pequeño shock eléctrico. Uno puede medir el tiempo que tarda en entrar a la “casa” la primera vez y, luego del primer shock, volver a medirlo. El tiempo, la segunda vez, es muchísimo más largo. Esto hay que hacerlo con dos grupos: un grupo control, que entra y no recibe nada, y un grupo que sí recibe el shock. El que no recibe nada sigue entrando con la misma velocidad y fuerza, mientras que el otro aprende que no le conviene entrar.

–¿Y ese comportamiento se puede descomponer en unidades?

–Se puede descomponer, pero no sé si son unidades. Hay ciertas características de la memoria... Por ejemplo, éste es un entrenamiento que tiene que ver con el miedo. El animal, al recibir el shock, siente miedo, que refuerza el aprendizaje de que no debe entrar a la caja.

–“No debo volver a entrar a la caja.”

–Exacto, ése fue el aprendizaje. Y está compuesto de un porqué (porque es dañino) y de la caja propiamente dicha.

–Más una sintaxis.

–Claro. Por ejemplo, agreguemos un componente más para lograr que la memoria se convierta en memoria de largo término: la repetición. Ya no sólo la parte emocional, sino la repetición. Si yo lo repito varias veces, la memoria, normalmente, se va a expresar mucho más.

–¿Y cómo es la sintaxis? ¿Cómo se construye el razonamiento “porque entré en la caja, recibí el shock; ergo, no debo volver a entrar”?

–Es demasiado complicado de contestar. Es un fenómeno demasiado complejo y se ponen en juego muchas unidades. Sólo en algunos sistemas más simples se ha logrado ver algo de sinapsis, pero ése no es mi trabajo.

–¿Pero se puede, afectando una sinapsis, hacer que el animal vuelva a entrar a la caja?

–Sí. Hay trabajos que muestran que uno puede marcar ciertas neuronas que se activaron durante el entrenamiento, luego eliminarlas, y se ve que el animal vuelve a entrar, como si nunca hubiese aprendido nada.

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17 de octubre de 2013

Neurons Fire Backward in Sleep

Unusual brain cell activity may underlie memory strengthening.

Researchers have long known that sleep is important for forming and retaining memories, but how this process works remains a mystery. A study published in March suggests that strange electrical activity, involving neurons that fire backward, plays a role.

Neuronal activity typically requires sensory input—for example, a taste or smell—that gets received by neurons' dendrites and then transmitted as an electrochemical message to other cells via long axons. Yet the brain is mostly closed off to sensory input during sleep. Instead evidence suggests that during sleep, neurons are controlled by electrical impulses that ripple through the brain like waves. In 2011 researchers found that these waves of electricity cause neurons in the hippocampus, the main brain area involved with memory, to fire backward during sleep, sending an electrical signal from their axons to their own dendrites rather than to other cells. The new work, published in the Proceedings of the National Academy of Sciences USA, confirmed this unusual behavior and suggested that firing in reverse weakens the dendrites' ability to receive input from other neurons.

Weakening neural connections may serve a dual purpose, says R. Douglas Fields, a laboratory chief at the National Institutes of Health and co-author of the study with neuroscientist Olena Bukalo and other colleagues. The authors suggest that firing backward helps to strengthen the electrical signals of neighboring cells, necessary to solidify memories, as well as freeing up space in the brain to store new memories on waking.

This study was conducted in samples taken from rat brains, but sleep is thought to induce backward firing in human neurons, too. In fact, Fields says, this bizarre electrical behavior may underlie the positive effects of deep-brain stimulation, which, though not well understood, has been shown to improve the symptoms of Parkinson's disease and other neurological disorders.

Tomado de: http://www.scientificamerican.com/article.cfm?id=neurons-fire-backward-in-sleep&WT.mc_id=SA_CAT_MB_20131016

15 de octubre de 2013

Why Your Brain Needs More Downtime

Research on naps, meditation, nature walks and the habits of exceptional artists and athletes reveals how mental breaks increase productivity, replenish attention, solidify memories and encourage creativity.

Every now and then during the workweek—usually around three in the afternoon—a familiar ache begins to saturate my forehead and pool in my temples. The glare of my computer screen appears to suddenly intensify. My eyes trace the contour of the same sentence two or three times, yet I fail to extract its meaning. Even if I began the day undaunted, getting through my ever growing list of stories to write and edit, e-mails to send and respond to, and documents to read now seems as futile as scaling a mountain that continuously thrusts new stone skyward. There is so much more to do—so much work I genuinely enjoy—but my brain is telling me to stop. It's full. It needs some downtime. SEGUIR LEYENDO....

A New Frontier in Animal Intelligence

Evidence that some animals are capable of “mental time travel,” suggests they have a deeper understanding of the world around them.

Santino was a misanthrope with a habit of pelting tourists with rocks. As his reputation for mischief grew, he had to devise increasingly clever ways to ambush his wary victims. Santino learned to stash his rocks just out of sight and casually stand just a few feet from them in order to throw off suspicion. At the very moment that passersby were fooled into thinking that he meant them no harm, he grabbed his hidden projectiles and launched his attack.

Santino was displaying an ability to learn from his past experiences and plan for future scenarios. This has long been a hallmark of human intelligence. But a recently published review paper by the psychologist Thomas Zentall from the University of Kentucky argues that this complex ability should no longer be considered unique to humans.

Santino, you see, is not human. He’s a chimpanzee at Furuvik Zoo in Sweden. His crafty stone-throwing escapades have made him a global celebrity, and also caught the attention of researchers studying how animals, much like humans, might be able to plan their behavior.

Santino is one of a handful of animals that scientists believe are showing a complex cognitive ability called episodic memory. Episodic memory is the ability to recall past events that one has the sense of having personally experienced. Unlike semantic memory, which involves recalling simple facts like “bee stings hurt,” episodic memory involves putting yourself at the heart of the memory; like remembering the time you swatted at a bee with a rolled up newspaper and it got angry and stung your hand.

If an animal can imagine itself interacting with the world in the past via episodic memory – like Santino recalling a failed attack when a human spotted him holding a rock, or you remembering swatting at a bee – it stands to reason that the animal might also be able to imagine itself in the future in a similar scenario, and thus plan its behavior. Santino might opt to hide his rocks, and you might decide to stop antagonizing bees. The ability to represent oneself and one’s actions in the mind’s eye – both in the past in in the future – is what scientists refer to as mental time travel.

Mental time travel is a vital skill in the arsenal of human intelligence.  When it goes right, we can devise and execute complex hunting strategies that allow us to herd woolly mammoths into a canyon for easy slaughter– something our ancestors excelled at in the late Pleistocene. When it goes really right, we can spend years devising and executing a plan to rocket astronauts through the coldness of space and land them safely on the moon. If it turns out that other species might have even the smallest hint of this ability, it raises the question of just how much we might be underestimating their ability to interact with, and understand, the world around them.

Zentall argues that mental time travel based on episodic memory has been observed in a number of species, including non-human primates like Santino, as well as dolphins, scrub-jays, rats, and pigeons. Scrub-jays in particular seem skilled at planning their food hiding (caching) behavior. In experimental conditions, they learned to cache food in areas where they knew they’d be hungry the following day, and made sure that their favorite food was cached in such a way that they’d always have access to it in the future.

But there is longstanding opposition to the idea of suggesting that animals are capable of mental time travel. The University of Queensland psychologist Thomas Suddendorf argues that despite “ingenious attempts to demonstrate episodic memory or future simulation in non-human animals,” it still seems that “there are few signs that animals act with the flexible foresight that is so characteristic of humans.” While animals like scrub-jays might be able to adapt their behavior to make the most of their food-caching, they do not display similar flexibility outside of this narrow domain. Unlike scrub-jays, “humans,” states Suddendorf, “can simulate virtually any event and evaluate it in terms of likelihood and desirability”

Zentall, however, has recently acquired a high-profile ally in Michael Corballis, a psychologist at the University of Auckland who once famously argued alongside Suddendorf that episodic memory was unique to humans. It was Suddendorf and Corballis who together coined the phrase mental time travel in 1997, and established a set of criteria that, if satisfied, could prove its existence in animals. By the age of 4, human children satisfy these criteria via their ability to choose the correct key to open a box that they’d never seen before based only on experience with similar boxes and keys in different locations in the past. Animals are typically only able to devise a similar solution after repeated exposure to the same test materials in the same setting, which means they might be solving problems via associative learning as opposed to mental time travel.

Corballis revealed earlier this year that new evidence has come to light that obliged him to change his mind as to whether these criteria had been met in animals. The evidence that tipped the scale for Corballis, however, was not found by observing animals’ behavior, but by measuring their brains. “Mental time travel has neurophysiological underpinnings that go far back in evolution, and may not be, as some (including myself) have claimed, unique to humans,” writes Corballis.

Recently published research shows how brain activity in rats suggest that they might be envisioning solutions to problems in their mind’s eye – in this case, an eye located in their hippocampus. After the rats ran a series of mazes during the day, researchers measured neuronal activity as they slept, concentrating on the hippocampus – the part of the brain where the mental map of the maze was stored. The rats appeared to not only be replaying their past experiences running through the maze in their sleep, but also replaying the parts of the maze that they had only considered running, but not actually run. For Corballis, this is neurological evidence of mental time travel at work.

And yet, some behavioral evidence seems like convincing evidence of mental time travel in animals, regardless of underlying brain activity. In one experiment, Bonobos and orangutans practiced using tools to retrieve food rewards – like a juice bottle hanging on a string that was only reachable with a hook. Knowing that they’d likely face a similar test situation the next day, the apes took the appropriate tool with them to their sleeping quarters and used it to retrieve their reward the next morning.

These skills do not seem a far cry from those employed by early humans to plan out the next day’s mammoth hunting excursion. Why then do we not see more examples of animals engaging in behaviors that unequivocally show the ability for mental time travel?

There’s more to the human intellect and ability to pull off successful mammoth hunts and moon landings than episodic memory of course, and other intellectual feats – not the least of which is our ability to convey our thoughts and plans via language – appear absent in non-human animals. There is also the question of how humans’ complex understanding of our own and others’ minds might be involved. Mental time travel likely requires some form of consciousness or self-knowledge to allow an animal to place itself at the heart of its memories and future plans, and much of this debate focuses on whether animals’ observed behavior or neurological activity are evidence of consciousness at work.  Consciousness is the unknowable singularity at the heart of the black box.

Zentall is confident that future research will provide evidence that animals have skills like mental time travel that far exceed what we now attribute to them. He is surely correct. But as we slowly pry open the lid on the black box of animal minds, scientists will continue to disagree as to what shapes they see emerging from the darkness.
Tomado de: http://www.scientificamerican.com/article.cfm?id=new-frontier-animal-intelligence&WT.mc_id=SA_CAT_EVO_20131014

3 de octubre de 2013

Mind Wandering: A New Personal Intelligence Perspective

Once accused of being absent-minded, the founder of American Psychology, William James, quipped that he was really just present-minded to his own thoughts.


Most recent studies depict mind wandering as a costly cognitive failure with relatively few benefits (Mooneyham and Schooler, 2013). This perspective makes sense when mind wandering is observed by a third party and when costs are measured against externally imposed standards such as speed or accuracy of processing, reading fluency or comprehension, sustained attention, and other external metrics.

There is, however, another way of looking at mind wandering, a personal perspective, if you will. For the individual, mind wandering offers the possibility of very real, personal reward, some immediate, some more distant.

We mind wander, by choice or accident, because it produces tangible reward when measured against goals and aspirations that are personally meaningful. Having to reread a line of text three times because our attention has drifted away matters very little if that attention shift has allowed us to access a key insight, a precious memory or make sense of a troubling event.

Pausing to reflect in the middle of telling a story is inconsequential if that pause allows us to retrieve a distant memory that makes the story more evocative and compelling. Losing a couple of minutes because we drove past our off ramp, is a minor inconvenience if the attention lapse allowed us finally to understand why the boss was so upset by something we said in last week’s meeting. Arriving home from the store without the eggs that necessitated the trip is a mere annoyance when weighed against coming to a decision to ask for a raise, leave a job, or go back to school.


Some recent studies (Baird et al., 2011, 2012; Smallwood et al., 2011b; Immordino-Yang etal., 2012) have provided glimpses of how mind wandering or “constructive, internal reflection” (Immordino-Yangetal.,2012) might benefit the individual, but we are just beginning to scratch the surface. To gain a fuller understanding of the benefits of positive constructive daydreaming we need to apply tools and metrics (as in Klinger et al., 1980; Hoelscher et al., 1981; Nikles et al., 1998; Cox and Klinger, 2011; Klinger and Cox, 2011) that enable us identify the personally meaningful goals, aspirations, and dreams of individuals and determine how mind wandering supports or undermines those goals. Given the highly personal nature of mind wandering, we need a new focus and new metrics.


Personal Intelligence


Intelligence theories provide an interesting parallel. Traditional theories of intelligence emphasize cognitive control, deliberate planning, and decontextualized problem solving as the essence of human intelligence (Kaufman, 2011). This is largely due to the purpose of the first intelligence test: to identify students in need of alternative education. Because intelligence tests were designed to predict school grades, the tests were intentionally designed to measure the ability to profit from explicit instruction, concentrate on an external goal, and engage in abstract reasoning. Therefore it should come as no surprise that IQ test performance is strongly associated with activation of the executive attention brain network (e.g., Jung and Haier, 2007; Barbey et al., 2012):



Executive Attention Network



These rewards include self- awareness, creative incubation, improvisation and evaluation, memory consolidation, autobiographical planning, goal driven thought, future planning, retrieval of deeply personal memories, reflective consideration of the meaning of events and experiences, simulating the perspective of another person, evaluating the implications of self and others’ emotional reactions, moral reasoning, and reflective compassion (Singer and Schonbar, 1961; Singer, 1964b; Singer, 1966, 1974, 1975, 1993, 2009; Wang et al., 2009; Baars, 2010; Baird et al., 2011, 2012; Kaufman and Singer, 2011; Stawarczyk et al., 2011; Immordino-Yang et al., 2012; Kaufman, 2013).

From this personal perspective, it is much easier to understand why people are drawn to mind wandering and willing to invest nearly 50% of their waking hours engaged in it.


Default Mode Network

While the cognitive functions measured on traditional metrics of intelligence are undoubtedly important contributors to intellectual functioning, they are mostlydecontextualized. Rarely are the test takers allowed to dip into their inner stream of consciousness and produce an original response that incorporates self-relevant information.

To help correct this imbalance in the literature, I recently proposed the Theory of Personal Intelligence. According to the theory, intelligence is the dynamic interplay of engagement and ability over an extended period of time in pursuit of personal goals (Kaufman, 2013). The emphasis is adaptation to task demands that are relevant to attaining one’s personal goals, not just adaptation to the external goals dictated by educators and experimental psychologists.

Therefore, the theory takes into account an individual’s personal goals, and considers both controlled forms of cognition (e.g., working memory, attentional focus, etc.) andspontaneous forms of cognition (e.g., intuition, affect, insight, implicit learning, latent inhibition, and the spontaneous triggering of episodic memories and declarative knowledge) are important potential contributors to that personal adaptation.

This broadened conceptualization of human intelligence is in line with the plethora of research on the adaptive value of positive constructive daydreaming (see Jerome L. Singer’s seminal research– e.g., Singer, 1964b, 1966, 1974, 1975, 2009). When daydreaming, the contents of consciousness tend to be focused on upcoming personally meaningful events, indicating that they may play a role in autobiographical planning (Smallwood et al., 2009b; Morsella et al., 2010). In particular, Klinger (1999) showed that people’s daydreams and night dreams reflect “current concerns” ranging from constant thought of incomplete tasks to unresolved desires, ranging from sexual and social strivings to altruistic or revenge urges and the panoply of human motivations.

This deeply personal conceptualization of intelligence is also in line with the latest research in cognitive neuroscience. D’Argembeau et al. (2010) found that imagining personal future events elicited stronger activation in two key hubs of the default mode network– the ventral medial prefrontal cortex (MPFC) and the posterior cingulate cortex (PCC) – compared to imagining non-personal future events.


The researchers suggest that these brain areas support a collection of mental processes that evaluate, code, and contextualize the relevance of mental representations with regard to personal goals. Since traditional measures of intelligence do not allow individuals to imagine personal future events, or connect the test information to their large store-house of episodic memories, functioning of these key regions of the default mode network are ignored in the assessment of intellectual functioning.

Another key implication is that sometimes behavior that appears “unintelligent” measured by external standards may actually be quite intelligent as judged by its relevance to achieving personally meaningful goals. Importantly, these different ways of being “smart” can conflict with each other.

According to the neural global workspace theory of consciousness, different streams of consciousness compete for access to a global conscious workspace (Baars, 1993). This may explain why the executive attention network and the default mode network tend to be anticorrelated (Fox et al., 2005). Daily life often demands that we choose one information stream or the other. For instance, in a decontextualized educational context, or in a cognitive psychology experiment, the ability to concentrate on a task requires silencing the inner chatter. Vice versa, when we would like to dip into our inner stream of consciousness, we must block out our external percepts (Dehaene and Changeux, 2005; Smallwood et al., 2011b; Kam et al., 2013).

However, as Kam et al. (2013) point out, when the executive attention network works in concert with the default mode network to sustain an inner train of thought, selective attention processes are not absent – they just are turned inward to select the most relevant associations and ideas that emerge from episodic memory. This has important implications, because traditional views of selective attention erroneously assume that the main function of the executive attention network is to select relevant stimuli from the external environment for deliberate, conscious processing.

However, these traditional models miss a key feature of human cognition: when working in cooperation with the default mode network, the executive attention network is equally equipped to select relevant episodic associations that can help keep an inner stream of thought both positive and constructive.




30 de septiembre de 2013

Los beneficios del sueño

Cuando dormimos se debilitan las conexiones entre nuestras neuronas. Al parecer, ello reduce el consumo de energía y, paradójicamente, ayuda a la memoria.

Cada noche, mientras yacemos dormidos, ciegos, mudos e inmóviles, nuestro cerebro sigue trabajando. Las neuronas emiten casi tantos impulsos como cuando estamos conscientes, y consumen casi la misma energía ¿Qué significa esta incesante actividad durante el descanso? ¿Por qué la mente se desconecta por completo del entorno mientras el cerebro se mantiene ocupado?

La actividad cerebral durante el reposo parece desempeñar una función esencial. Una de las pruebas de la importancia del sueño es su ubicuidad. A pesar de que permanecer inconsciente y sin capacidad de reaccionar aumenta el riesgo de convertirse en presa de un tercero, todos los animales duermen. Lo hacen las aves, las abejas, las iguanas y las cucarachas, incluso las moscas de la fruta, según demostramos nosotros y otros autores hace más de una década.

Además, la evolución ha concebido algunas adaptaciones extraordinarias para acomodarse al sueño. De este modo, los delfines y otros animales marinos que deben subir a menudo a la superficie para respirar duermen desactivando de forma alterna un hemisferio cerebral y manteniendo el otro consciente.

Durante mucho tiempo nos hemos preguntado, igual que otros, qué beneficios aporta el sueño, vista su importancia para los seres vivos. Hace más de veinte años, cuando trabajábamos juntos en la Escuela de Estudios Avanzados Santa Ana, en Pisa, comenzamos a sospechar que la actividad cerebral durante el letargo restablecería de alguna manera el nivel basal de miles de millones de conexiones neurales, el cual se modifica cada día durante la vigilia. De esta forma, el sueño contribuiría a que el cerebro siguiera formando nuevos recuerdos a lo largo de nuestra vida sin que con ello se sobresaturase o eliminase los recuerdos más antiguos.

En síntesis

Dado que todos los animales duermen, el sueño debe de desempeñar una función vital.
Existen datos que sugieren que el sueño debilita las conexiones entre las neuronas, lo que resulta sorprendente, dado que la memoria y el aprendizaje se basan en el refuerzo de esas uniones durante el estado consciente.Pero al atenuar las sinapsis, el sueño evitaría que las neuronas se sobresaturasen con la experiencia diaria y reduciría su consumo energético.

Tomado de: http://www.investigacionyciencia.es/investigacion-y-ciencia/numeros/2013/10/los-beneficios-del-sueo-11443

La memoria humana,una fábrica de recuerdos falsos

La mente se adapta y se moldea para ajustarse al mundo, y para ello es capaz de crear falsos recuerdos. 

Todos creamos recuerdos imaginados, y el artista británico Alasdair Hopwood se ha propuesto recopilar y mostrar una colección de ellos.

Durante el último año, Hopwood le pidió a la gente que contribuyera con anécdotas de recuerdos falsos que él luego convirtió en representaciones artísticas.

Y las historias que recibió van desde alguien que recuerda haberse comido un ratón vivo a quien recuerda cómo voló cuando era niño.

Uno de los participantes contó que estaba convencido erróneamente de que la hermana de su novia había muerto en el consultorio del dentista. Tan firme era esta idea que mantuvo en secreto todas sus propias visitas al odontólogo.

Así lo cuenta: "Un día, durante la cena, ella dijo que iba a ir al dentista la siguiente semana. Se hizo silencio en la mesa, y mi madre dijo que debía ser duro para ella luego de lo que le había pasado a su hermana". Y esto bastó para convencerlo.

Pero este no es un caso excepcional. Los neurocientíficos dicen que muchos de nuestros recuerdos cotidianos están falsamente reconstruidos porque nuestra visión del mundo cambia constantemente.

Trucos de la imaginación

Las pistas que pueden dirigir nuestros recuerdos en la dirección equivocada son sutiles.

Elizabeth Loftus mostró en 1994 en un célebre experimento que era capaz de convencer a una cuarta parte de los participantes de que se habían perdido en un centro comercial cuando eran pequeños.

En otra prueba similar en 2002 se logró convencer a la mitad de los participantes que habían volado en globo en la infancia con el simple truco de mostrarles "evidencias" fotográficas manipuladas.

La psicóloga Kimberley Wade estuvo detrás de este trabajo en la Universidad de Warwick, en Reino Unido.

Para su proyecto, Hopwood le pidió Wade que hiciera un viaje real en globo aerostático, y las imágenes de ese vuelo ahora se exhiben con el resto de falsos de recuerdos recopilados y recreados por el artista para The False Memory Archive (Archivo de falsos recuerdos), una muestra que tiene lugar en Penzance, Reino Unido.

"He estado estudiando la memoria por más de una década, y aún me parece increíble que la imaginación pueda engañarnos para que pensemos que hicimos algo que nunca hicimos e impulsarnos a crear recuerdos ilusorios tan convincentes", dice Kimberley Wade.

La razón de que los recuerdos sean tan maleables es simplemente que hay demasiada información para absorber, explica la psicóloga.

"Nuestro sistemas preceptivos no pueden notar absolutamente todo de nuestro entorno. Recibimos información a través de todos nuestros sentidos pero hay huecos", añade.

"Así que cuando recordamos un evento, lo que hace nuestra memoria es rellenar esos huecos con lo que sabemos sobre el mundo".


Perder las llaves

La mayor parte de los recuerdos falsos se refieren a situaciones cotidianas sin consecuencias reales, a excepción de las discusiones ocasionales sobre cosas triviales del tipo quién perdió las llaves.

Pero a veces, los recuerdos ilusorios pueden tener ramificaciones serias. El Proyecto Inocente (The Innocent Project), de Estados Unidos, ha elaborado una lista de personas que han sido absueltas tras lograr la anulación de identificaciones incorrectas por parte de testigos oculares.

El experto Christopher French, de la Universidad de Goldsmiths de Londres, dice que hay una falta de conciencia de lo poco confiable que es la memoria, especialmente en los sistemas legales.

"Aunque dentro de la psicología es una noción bien conocida y ampliamente aceptada por cualquiera que haya estudiado la bibliografía al respecto, no se conoce más generalmente en la sociedad", explica French.

"Aún hay gente que cree que la memoria actúa como una cámara de video, así como personas que aceptan la noción freudiana de la represión, que sugiere que cuando sucede algo terrible se empuja el recuerdo hacia las profundidades del subconsciente".

Sin embargo, sostiene el experto, las evidencias de recuerdos reprimidos no son muy sólidas.

French también estuvo involucrado en el proyecto de arte de Hopwood.

Al artista le fascina cómo las personas pueden estar tan convencidas de eventos completamente imaginarios.

"Lo interesante es que las contribuciones al proyecto se convirtieron en mini retratos (aunque de forma anónima) y a pesar de que lo único que sabes de esa persona es algo que en verdad no ocurrió. Así que allí hay una bonita paradoja que me atrae como artista", dice Hopwood.

Salvarnos del tigre

"(Los falsos recuerdos) Son subproductos de un sistema de memoria que funciona bien, que puede deducir muy rápido."
Sergio Della Sala, experto en neurociencia de la Universidad de Edimburgo

De acuerdo con otro investigador, los errores que comete la mente humana a veces tienen un propósito útil.

Sergio Della Sala, experto en neurociencia cognitiva de la Universidad de Edimburgo, en Reino Unido, lo explica de la siguiente manera.

Imagina que estás en la jungla y ves que la hierba se mueve. Lo más probable es que un humano entre en pánico y huya, ante la idea de que esté acechando un tigre.

Una computadora, sin embargo, puede calcular y deducir que en el 99% de las ocasiones es el viento el que produce el movimiento. Si nos comportáramos como computadoras, cuando de hecho hubiera un tigre, nos comería.

"El cerebro está preparado para equivocarse 99 veces y salvarnos del tigre. Y eso es porque no es una computadora. Funciona con suposiciones irracionales. Es proclive al error y necesita atajos", dice Della Sala.


Los falsos recuerdos, añade, son señales de un cerebro saludable. "Son subproductos de un sistema de memoria que funciona bien, que puede deducir muy rápido".

Tomado de: http://www.caracol.com.co/noticias/entretenimiento/la-memoria-humanauna-fabrica-de-recuerdos-falsos/20130930/nota/1985130.aspx

27 de septiembre de 2013

Los fetos oyen los sonidos del exterior desde el útero y aprenden de ellos

Antes de nacer, a partir de las 27 semanas de gestación, los bebés ya aprenden de lo que oyen, lo que podría influir en la futura práctica del lenguaje. Los investigadores apuntan que esta receptividad podría ayudar a compensar trastornos como la dislexia.

A pesar del hallazgo de que los sonidos que se oyen dentro del útero influyen en el cerebro del bebé y su desarrollo del lenguaje, no hay indicios de que un aprendizaje fetal adicional tenga algún tipo de beneficio a largo plazo para los bebés sanos.

Desde las 27 semanas de gestación, los fetos humanos empiezan a percibir las señales acústicas externas. En ese momento la corteza auditiva comienza a reorganizarse y se pone en marcha la maduración del sistema nervioso. Los científicos siguieron la evolución de 33 mujeres finlandesas desde su semana 29 de embarazo hasta que parieron. La mitad de las madres escuchaban varias veces a la semana una grabación con la palabra inventada ‘tatata’ repetida centenares de veces, y ocasionalmente pronunciada con otro tono o sustituida por la palabra ‘tatota’. Después de que nacieran, compararon las respuestas neuronales de los bebés expuestos a las grabaciones con las de aquellos que no las habían escuchado.

Al escuchar cambios de tono en las palabras que habían oído cuando eran fetos, los niños previamente estimulados experimentaban un aumento de su actividad cerebral, que no se producía en los otros. Además, cuanto más largo había sido el tiempo de exposición prenatal a los sonidos, mayor era su actividad cerebral. El efecto de aprendizaje se generalizaba a otros tipos de sonidos no incluidos en el experimento.

Tomado de: http://www.neurologia.com/sec/RSS/noticias.php?idNoticia=4242

19 de septiembre de 2013

Descubren un gen vinculado a la enfermedad de Alzheimer

Científicos españoles han identificado un gen asociado a funciones neuronales esenciales como el control del consumo energético del cerebro que, a su vez, también se relaciona con un mayor riesgo de sufrir enfermedad de Alzheimer (EA). La investigación se ha producido tras analizar el genoma completo gracias a tecnologías genómicas de alta resolución (GWAS).

En total, la muestra incluyó a 11.649 pacientes con EA y 27.245 sujetos sanos. También se analizó a 2.000 personas afectadas por la enfermedad, utilizando una colección de muestras de ADN.

El alelo descrito (ATP5H/KCTD2) tiene una función muy importante en la producción de energía mitocondrial y la hiperpolarización neuronal durante procesos como la hipoxia y la falta de glucosa, que tienen lugar durante el estrés oxidativo. Una de las hipótesis más aceptadas es que el deterioro o alteración de los mecanismos de control del estrés oxidativo y el manejo de la energía que se consume en el cerebro podrían ser responsables de la EA. Sin embargo, hasta ahora ningún estudio genómico de nueva generación había hallado un gen relacionado con esta hipótesis.

Según los conocimientos actuales, el 60-80% de la susceptibilidad a desarrollar EA se debe a factores genéticos, y a día de hoy sólo se conocen 11 genes que influyen directamente en la EA.

[Mol Psychiatry 2013]
Boada M, Antúnez C, Ramírez-Lorca R, Destefano AL, González-Pérez A, Gayán J, et al.

13 de agosto de 2013

Descubren neuronas humanas relacionadas con la navegación en entornos exteriores

Con grabaciones directas del cerebro humano, un equipo de investigadores de las universidades norteamericanas de Drexel, Pennsylvania, UCLA y Thomas Jefferson ha identificado un nuevo tipo de célula en el cerebro que ayuda a las personas a realizar un seguimiento de su ubicación al navegar por un entorno desconocido.

Con grabaciones directas del cerebro humano, un equipo de investigadores de las universidades norteamericanas de Drexel, Pennsylvania, UCLA y Thomas Jefferson ha identificado un nuevo tipo de célula en el cerebro que ayuda a las personas a realizar un seguimiento de su ubicación al navegar por un entorno desconocido.

La "cuadrícula", que deriva su nombre del patrón de rejilla triangular en el que la célula se activa durante la navegación, se distingue entre las células cerebrales debido a que su activación representa múltiples localizaciones espaciales. Este comportamiento es como células que permiten al cerebro realizar un seguimiento de las señales de navegación, como la lejanía del punto de partida o de su última vuelta, un tipo de navegación que se conoce como camino de integración.

"Es muy importante que este patrón de rejilla sea tan consistente porque muestra cómo la gente puede realizar un seguimiento de su ubicación, incluso en nuevos ambientes con diseños inconsistentes", dijo el doctor Joshua Jacobs, profesor asistente en la Escuela de Ingeniería Biomédica, Ciencia y Salud de Drexel, es el investigador principal del equipo.Los autores, Jacobs, Michael Kahana, de Pennsylvania, e Itzhak Fried, de UCLA, fueron capaces de discernir estas células porque tuvieron la rara oportunidad de estudiar grabaciones cerebrales de pacientes epilépticos con electrodos implantados profundamente en el interior de su cerebro como parte de su tratamiento. Su trabajo se publica en la última edición de la revista 'Nature Neuroscience'.

Durante la grabación del cerebro, los 14 participantes en el estudio realizaron un videojuego en el que navegaban de un punto a otro para recuperar objetos y luego recordar cómo volver a los lugares donde se encontraba cada objeto. Los participantes utilizaron un joystick para montar en una bicicleta virtual a través de un terreno muy abierto en un ordenador portátil y el equipo estudió la relación entre la forma en que los participantes navegaron en el videojuego y la actividad de las neuronas individuales."Cada célula de la cuadrícula responde a múltiples localizaciones espaciales que se organizan en forma de red --dijo Jacobs--.

Este patrón de rejilla triangular parece ser un patrón cerebral que juega un papel fundamental en la navegación. Sin cuadrículas, lo más probable es que los seres humanos con frecuencia se pierdan o tengan que desplazarse en base sólo a puntos de referencia. Las células de la red por lo tanto son fundamentales para el mantenimiento del sentido de la ubicación en un entorno".

Estas células no son únicas entre los animales, a pesar de que se descubrieron anteriormente en ratas, ya que un estudio previo de 2010, que utilizó imágenes no invasivas del cerebro, sugirió la existencia de las células en los seres humanos, pero esta es la primera identificación positiva de la versión humana de estas células.

"El presente hallazgo de la cuadrícula en el cerebro humano, junto con el descubrimiento anterior de las células del hipocampo humano, proporcionan pruebas concluyentes de una asignación común y un sistema de navegación conservado en los humanos y animales inferiores", dijo Kahana, neurocientífico, autor principal y profesor de Psicología en la Universidad de Pennsylvania.

Los resultados del equipo también sugieren que estos modelos de red pueden de hecho ser más frecuentes en los seres humanos que las ratas, debido a que el estudio encontró células no sólo en la corteza entorrinal, como se observó en ratas, sino también en un área del cerebro muy diferente, la corteza cingulada."Las células de red se encuentran en un lugar crítico en el sistema de la memoria humana llamado la corteza entorrinal --destacó Fried, que es profesor de Neurocirugía en la Escuela David Geffen de Medicina en UCLA--.

Este descubrimiento arroja nueva luz sobre una región del cerebro que es la primera en resultar afectada en la enfermedad de Alzheimer, con efectos devastadores en la memoria".La corteza entorrinal es la parte del cerebro que se ha estudiado en la investigación de la enfermedad de Alzheimer y de acuerdo con Jacobs, la comprensión de las cuadrículas podría ayudar a los investigadores a entender por qué las personas con la patología a menudo se desorientan. También es posible que ayude a mostrar cómo mejorar la función cerebral en personas que sufren de la enfermedad de Alzheimer.

Tomado de: http://noticias.lainformacion.com/salud/mal-de-alzheimer/descubren-neuronas-humanas-relacionadas-con-la-navegacion-en-entornos-exteriores_cja7rCqXv6k0p5Wd68z604/

12 de agosto de 2013

La buena memoria

La memoria constituye uno de los aspectos más apasionantes dentro del enigma de la conducta humana.

La memoria constituye uno de los aspectos más apasionantes dentro del enigma de la conducta humana. Es tanto la capacidad de colectar, almacenar y evocar el pasado, como la de asociar y distinguir personas, objetos, momentos y, en especial, sensaciones.

La memoria sensorial es quizá la experiencia más conmovedora que conecta a los adultos con la propia niñez.

Con la memoria, logramos estudiar, relacionar y también arrepentirnos. Por ella ejercemos el sentimiento humano más desinteresado: la nostalgia.

Además de los ecos íntimos de la memoria individual, disfrutamos de memoria social sustentada por un lenguaje y una identidad común.

En las charlas cotidianas, la memoria se reconoce por sus faltas. Pero no todos los olvidos o equivocaciones son pérdidas. Por el contrario, hay valiosos procesos de protección que actúan sobre la memoria ocultando segmentos perturbadores. Estos curiosos velos evitan confrontar con realidades que “preferimos” olvidar.
En la crianza de los hijos, es frecuente experimentar vacíos, agujeros negros de memoria relacionados con situaciones que conmueven. No son, necesariamente, graves conflictos; apenas filtraciones que generan molestia y que conviene postergar. La memoria no se pierde, sino que se esconde provisoriamente para reducir angustias.

Basta asomarse a los cambios en una pareja con el nacimiento de cada hijo para comprender los beneficios de la amnesia, esa virtuosa capacidad de olvidar, para poder seguir adelante con la familia.
Si se recordara todo lo relacionado con los hijos, la tasa de natalidad hubiera reducido su cifra drásticamente, hace tiempo. Recordamos lo que podemos y olvidamos lo que queremos.

¿Cómo operan los mecanismos de la memoria en los chicos? Usualmente, los primeros recuerdos se remontan a la edad de dos años, a partir de lo cual se conforma la memoria personal. Las generaciones nacidas con la fotografía cuentan con un recurso adicional, ya que, con la ayuda de imágenes, es más sencillo recordar.

Muchos creen haber transitado situaciones sólo por haber visto infinitas veces las fotos del momento. Por lo general, un hermano se encarga de develar que el protagonista fue otro.

La memoria infantil es la capacidad indispensable para el aprendizaje. Desde las primeras asociaciones de los bebés con el placer o disgusto hasta después, cuando aprenden a hablar, a leer y escribir. En cada proceso, los chicos aprenden a reconocer sus emociones, aquellas que, con el tiempo, los conectarán con su deseo. En toda etapa vital, la memoria es necesaria para que ocurra crecimiento.

Los actuales nativos digitales suelen sobre-estimular sus sentidos utilizando tecnología que demanda gran capacidad de memoria. Videojuegos, smartphones y la infinita Web son verdaderos sistemas de entrenamiento, aunque no siempre de procesos intelectuales sino de habilidades y destrezas.

Como consecuencia de la incorporación de aparatos en la vida cotidiana, encontramos chicos con inusual cansancio psicofísico. Este “síndrome de agotamiento digital” incluye pérdidas selectivas de la memoria. Como además están sumergidos en un mar de actividades que no les dan respiro, comienzan a olvidar, a no relacionar. El impacto en el aprendizaje es inmediato; también, en los vínculos. Muchos niños muestran dificultad para comunicarse con otra persona si no es a través de la electrónica.

Y cuando pierden la memoria: ¿de qué estamos hablando? ¿No recuerdan la lección o, en realidad, no reconocen sus afectos? ¿Se olvidan de la mochila o confunden lo que sienten? ¿No completan la tarea o no descifran sus propios sentimientos?

El riesgo que vislumbramos es la pérdida de memoria emocional. Un severo déficit asociado al bombardeo de datos y comunicaciones virtuales que impiden que los recuerdos sedimenten. Que los chicos jerarquicen las emociones; en fin, que crezcan.


La memoria infantil corre peligro, amenazada por la ráfaga cibernética, que sólo transmite fugacidad y que puede hacer olvidar lo único que merece ser recordado: a quien queremos y a quien nos quiere.

Tomado de: http://www.lavoz.com.ar/opinion/buena-memoria

7 de agosto de 2013

Los delfines recuerdan a animales con los que convivieron hace 20 años

Los delfines son capaces de reconocer los silbidos emitidos por otros individuos de su especie con los que han convivido hace tiempo, incluso aunque hayan transcurrido 20 años. Así lo asegura un equipo de investigadores tras realizar experimentos con ejemplares en cautividad durante cinco años. Su trabajo, publicado esta semana en 'Proceedings of the Royal Society of London B', revela que estos mamíferos están dotados de una memoria superior a la de cualquier animal no humano estudiado hasta ahora.

Los elefantes, señalan los autores, posiblemente tengan una memoria social a largo plazo tan buena como la que tienen los humanos o la que acaban de demostrar que tienen los delfines, aunque en su caso no se han realizado estudios tan detallados como éste. Algunas especies de mono (como el macaco japonés, 'Macaca fuscata', y la mona de Campbell, 'Cercopithecus campbelli'), las hienas o los córvidos (una familia de aves entre las que está el cuervo) también se encuentran entre el reducido grupo de animales en los que se han observado comportamientos que muestran que tienen memoria social, aunque a medio o corto plazo (al menos un año).

Los delfines que viven en libertad tienen una esperanza de vida de unos 20 años, aunque los ejemplares más longevos pueden llegar a superar los 45. Según explica a ELMUNDO.es Jason Bruck, investigador de la Universidad de Chicago y autor principal del estudio, "los delfines en cautividad pueden vivir más de 40 años". "Uno de los delfines que forma parte de mi estudio, Semo, tiene 47", asegura.

Su investigación ha sido realizada con delfines nariz de botella ('Tursiops truncatus'), "una especie inteligente, longeva, con comportamientos sociales complejos, capacidad para reconocer individuos" y con una memoria que guarda recuerdos durante años, según el estudio.

La buena memoria, señalan los autores, es necesaria para un sistema social fluido. Consideran que, a pesar de que se sabe mucho sobre las capacidades sociales de los delfines, hasta ahora no se había demostrado que fueran capaces de reconocer socialmente a otros individuos incluso aunque hayan transcurrido largos periodos de tiempo.

La 'voz' característica de cada delfín

Cada delfín emite una señal o silbido acústico característico ('signature whistle', en inglés) para comunicarse con otros individuos. Este sonido sirve para identificarle, como ocurre con las voces humanas. El estudio consistió en exponer individualmente a los delfines a grabaciones en las que se habían registrado los sonidos que emiten otros miembros de su especie, tanto individuos con los que habían convivido en el pasado como otros a los que no conocían. Según muestran sus resultados, en la mayoría de las pruebas los delfines reaccionaron cuando oían el silbido de un animal que habían conocido, incluso aunque hubieran transcurrido muchos años sin verse.

"Los delfines actuaban de formas diferentes dependiendo de a qué delfín pertenecían el silbido que emitía el altavoz colocado bajo el agua. Con los machos dominantes Lucky y Hastings se producían las respuestas más vigorosas por parte de otros machos", explica el investigador.

Girar la cabeza hacia el altavoz sin aproximarse, acercarse al altavoz manteniendo una distancia de un metro durante varios segundos, intentar forzar la puerta que protegía el altavoz o nadar rápidamente figuran entre las reacciones que mostraron los delfines al reconocer las señales acústicas proyectadas.

Estos comportamientos fueron observados tanto en hembras como en machos, por lo que no se apreciaron diferencias en la memoria según el sexo. En el caso de los elefantes, por ejemplo, se cree que las hembras tienen una mejor memoria social.

Sin embargo, algunos delfines no respondieron a las grabaciones de sonidos emitidos por animales que sí les debían resultar familiares: "No sabemos si fue porque habían olvidado al animal o porque estaban durmiendo o interesados en otros asuntos en ese momento. Pero cuando esto ocurría, se registraba como que no había habido respuesta. Aun así, las respuestas familiares superaron significativamente a los que no respondieron. Incluso aunque hubieran pasado unos 20 años separados", explica el científico.

Movilidad entre acuarios

En total se hicieron experimentos con 43 delfines que vivían en seis acuarios y zoológicos de EEUU que forman parte de un consorcio y entre los que hay movilidad de animales. Es decir, los delfines han sido trasladados de unos centros. Las edades de los delfines oscilaban entre los cuatro meses y los 47 años.

Además de los sonidos registrados de estos animales, se utilizaron grabaciones de silbidos realizadas en los años 80 y 90 y que se conservan en la Woods Hole Oceanographic Institution, por lo que en total se emplearon sonidos de 70 individuos. Durante los cinco años que duró la investigación se proyectaron 1.200 grabaciones para estudiar 260 relaciones entre delfines.

Jason Bruck admite que es posible que el hecho de que los delfines en cautividad conozcan a lo largo de su vida a un número de individuos más reducido que el que encontrarían en libertad podría contribuir a la buena memoria social que mostraron los ejemplares que participaron en esta investigación: "No sabemos cómo influiría en el reconocimiento a largo plazo que un animal conociera a más animales. Simplemente no lo hemos estudiado. Pero es posible que restringiera el reconocimiento social. No obstante, algunos animales de nuestro estudio habían tenido de 20 a 30 compañeros sociales y aparentemente esto no influyó en los resultados", añade.

Asimismo, explica que se trata del primer estudio de este tipo realizado en mamíferos marinos por lo que se desconoce si otras especies tienen una memoria similar. "Es posible que otras especies de delfines puedan realizar reconocimientos sociales a largo plazo, aunque hace falta investigar más para determinar cómo está de extendida esta capacidad entre los cetáceos", explica Bruck.

Comprobar si los delfines son capaces de reconocer a otros individuos conocidos mostrándoles imágenes es otro de los aspectos que le gustaría averiguar en investigaciones futuras, adelanta el oceanógrafo.

Tomado de: http://www.elmundo.es/elmundo/2013/08/05/natura/1375705552.html