Un estudio del movimiento ocular revela que la mirada distraída del adulto afecta la capacidad de atención del niño durante el juego.
Cuando los padres desvían la atención del juego con su hijo cada dos por tres, sea para atender un mensaje en el teléfono móvil o para repasar el correo en la tableta digital, esa conducta comporta consecuencias negativas en la capacidad atencional del bebé. Investigadores de la Universidad de Bloomington en Indiana han comprobado que los niños se entretienen durante más tiempo con un juego si el padre o la madre se implica también en el entretenimiento sin apartar la atención de él. Al parecer, existe una conexión entre el tiempo que un padre mira un objeto y el tiempo que un niño presta atención a ese mismo objeto.
«Los cuidadores que parecen distraídos o que apartan con frecuencia la mirada mientras juegan con su hijo influyen negativamente en la capacidad de atención del bebé en una etapa clave del desarrollo», afirma Chen Yu, autor principal de la investigación.
Juguetes compartidos
Para el estudio, los investigadores sentaron a una serie de padres con sus respectivos hijos, de entre 11 meses y un año de edad, frente a frente en una mesa sobre la que se encontraban diversos juguetes. Tanto los adultos como los niños llevaban puesto en la cabeza un casco con cámara, la cual registraba el movimiento ocular de cada uno de los participantes en todo momento.
Los experimentadores indicaron a los probandos que podían jugar con cualquier objeto de los que habia sobre la mesa. Para no influir en la interacción durante el juego, no dieron instrucciones a los adultos sobre cómo debían actuar ni con qué jugar. No obstante, observaron que podían dividir a los progenitores en dos grupos: padres que dejaban a los niños que dirigieran el juego y padres que intentaban guiar a su hijo en la manera de entretenerse.
Influencia en el desarrollo posterior
Comprobaron que los niños se interesaban más por el juguete si los padres también prestaban atención a ese objeto. Con todo, la mejor estrategia para garantizar la atención del bebé consistía en dejarle escoger el juguete con el que pasar el rato. En ese caso, se mostraban atentos incluso si la madre o el padre apartaba la mirada del entretenimiento por un breve espacio de tiempo. En cambio, los padres que querían imponer a su hijo el juguete con el que debían jugar juntos, lograban que el hijo perdiera pronto el interés.
El tiempo que un niño puede mantener la atención en una tarea es un indicador importante de su éxito educativo y el desarrollo posterior en competencias cognitivas como el lenguaje y la resolución de problemas, señalan los autores. Aunque las diferencias en la capacidad de atención observadas en el reciente estudio se refieren solo a unos cuantos segundos, ese tiempo resulta suficiente para diferenciar cuándo los hijos perciben que sus padres se comportan de manera distraída, añaden. «El impacto de unos segundos más o menos puede parecer pequeño, pero cuando eso ocurre durante sesiones de juego diarias a lo largo de meses y durante una etapa crítica en el desarrollo mental, el efecto aumenta», afirma Yu.
Más información en Current Biology
Fuentes: Spektrum.de / Daniela Zeibig y Universidad de Bloomington en Indiana
Tomado de: http://www.investigacionyciencia.es/noticias/los-padres-influyen-en-el-desarrollo-de-la-atencin-sostenida-de-los-hijos-14208?utm_source=boletin&utm_medium=email&utm_campaign=Psicolog%C3%ADa+y+neurociencias+-+Junio
4 de julio de 2016
3 de junio de 2016
La cooperación emerge en grupos pequeños y con buena memoria
En cambio, cuanto más grandes son y menos recuerdos tienen, más se favorece el egoísmo
Un estudio con teoría de juegos realizado en EE.UU. muestra que los grupos sociales pequeños y con buena memoria tienden a la cooperación, mientras que los grandes y/u olvidadizos favorecen los comportamientos egoístas, que perjudican al grupo.
tragedia de los comunes, un concepto descrito por el ecologista Garrett Hardin en 1968, pinta una visión pesimista de la naturaleza humana. La teoría es que, si un recurso es compartido, los individuos actuan en su propio interés, pero en contra de los intereses del grupo, agotando ese recurso.
Sin embargo, los ejemplos de cooperación e intercambio abundan en la naturaleza, desde las sociedades humanas hasta las bacterias unicelulares.
En un nuevo artículo, publicado en la revista Scientific Reports, investigadores de la Universidad de Pennsylvania (EE.UU.) utilizan la teoría de juegos para probar el complejo conjunto de cualidades que pueden promover la evolución de la cooperación.
Su análisis demuestra que los grupos pequeños en los que los participantes tenían buena memoria de las acciones de sus compañeros eran más propensos a desarrollar estrategias de cooperación.
El trabajo sugiere una posible ventaja de la poderosa capacidad memorística del ser humano: ha alimentado nuestra capacidad para cooperar como sociedad.
"En el pasado habíamos observado interacciones de dos jugadores para determinar las estrategias evolutivas más sólidas", dice Joshua B. Plotkin, profesor del Departamento de Biología, en Penn News, el diario de la universidad. "Nuestro nuevo análisis permite escenarios en los que los jugadores pueden reaccionar a los comportamientos y estrategias de varios jugadores a la vez. Nos da una imagen de un conjunto mucho más rico de interacciones sociales, Una imagen que es probable que sea más representativa de la complejidad de la conducta humana".
Plotkin colaboró con Alexander J. Stewart, entonces investigador postdoctoral y ahora investigador en el University College de Londres, en el trabajo, que se basa en años de estudio de la teoría de juegos.
En sus trabajos anteriores, utilizaron el escenario del dilema del prisionero iterado, en el que dos jugadores se enfrentan y pueden elegir entre cooperar o no, para entender qué circunstancias promueven el aumento de la generosidad frente al egoísmo.
Más complejo
En el nuevo artículo, agregaron dos niveles de complejidad. En primer lugar, utilizaron un escenario diferente, conocido como juego de los recursos públicos, que permite a los jugadores interactuar con más de un jugador a la vez. La configuración punto también permitía a los investigadores variar el número de jugadores en un juego determinado.
En el juego de los recursos públicos, un jugador puede aportar una cierta cantidad de un recurso personal a una reserva pública, que luego se divide por igual entre todos los jugadores. El mayor beneficio compartido se produce cuando todos los jugadores contribuyen generosamente, pero eso pone también a los jugadores generosos en riesgo de perder los recursos, en beneficio de los jugadores egoístas, un escenario tipo tragedia de los comunes.
El segundo nivel de complejidad añadida fue imbuir a los jugadores con la capacidad de tener buena memoria. Es decir, los jugadores pueden utilizar las acciones de sus rivales en las rondas anteriores del juego para decidir sus estrategias en rondas posteriores. Si un jugador se encontró en varias ocasiones a un jugador en el grupo que con frecuencia se comportó de manera egoísta, por ejemplo, pueden ser más propensos a "castigarl" reteniendo recursos en las rondas futuras.
Además, se permitió a las poblaciones de jugadores "evolucionar", de tal manera que los jugadores más exitosos, los que alcanzan mayores beneficios, son más propensos a pasar sus estrategias a la siguiente generación de jugadores.
Stewart y Plotkin encontraron que cuanto más jugadores había en el juego menos probable era que ganaran las estrategias de cooperación. En cambio, la mayoría de las estrategias sólidas en los grupos grandes favorecía a los egoístas.
"Esto tiene sentido intuitivo", dice Plotkin. "A medida que un grupo aumenta de tamaño, las perspectivas de una cooperación sostenida bajan. La tentación de desertar y convertirse en un gorrón sube".
Con memoria
Por el contrario, sus resultados mostraron que dar a los jugadores una memoria más larga, con la capacidad de recordar y basar sus decisiones en un máximo de 10 rondas previas, daba lugar a un mayor volumen relativo de estrategias de cooperación sólidas. Parte de la razón de esto, según los investigadores, era que los mayores recuerdos permitían a los jugadores desarrollar una gama más amplia de estrategias más matizadas, incluidas las que podían castigar a los individuos egoístas y garantizar que no tomaran el mando de la población.
En una última serie de experimentos, Stewart y Plotkin utilizaron simulaciones por ordenador que permitían evolucionar a la capacidad de memoria de los jugadores en paralelo a las propias estrategias. Encontraron que no sólo se veían favorecidas las memorias más largas, sino que la evolución de las mismas daba lugar a un aumento de la cooperación.
"Creo que un resultado fascinante de nuestro estudio", dice Stewart, "es que se puede obtener un conjunto de circunstancias en las que hay una especie de bucle de realimentación incontrolable. Los recuerdos más largos favorecen una mayor cooperación y una mayor cooperación promueve la buena memoria. Ese tipo de situación, en la que se pasa de un sistema más simple a uno que es más complejo, es un gran ejemplo de lo que hace la evolución, que conduce a una complejidad cada vez mayor".
Como paso siguiente, a Stewart y Plotkin les gustaría usar sujetos humanos para evaluar sus resultados matemáticos, y ver a qué prestan atención cuando juegan, si a sus propios beneficios o a los de sus oponentes.
Referencia bibliográfica:
Alexander J. Stewart, Joshua B. Plotkin: Small groups and long memories promote cooperation. Scientific Reports (2016). DOI: 10.1038/srep26889
Tomado de: http://www.tendencias21.net/La-cooperacion-emerge-en-grupos-pequenos-y-con-buena-memoria_a42717.html
Un estudio con teoría de juegos realizado en EE.UU. muestra que los grupos sociales pequeños y con buena memoria tienden a la cooperación, mientras que los grandes y/u olvidadizos favorecen los comportamientos egoístas, que perjudican al grupo.
Sin embargo, los ejemplos de cooperación e intercambio abundan en la naturaleza, desde las sociedades humanas hasta las bacterias unicelulares.
En un nuevo artículo, publicado en la revista Scientific Reports, investigadores de la Universidad de Pennsylvania (EE.UU.) utilizan la teoría de juegos para probar el complejo conjunto de cualidades que pueden promover la evolución de la cooperación.
Su análisis demuestra que los grupos pequeños en los que los participantes tenían buena memoria de las acciones de sus compañeros eran más propensos a desarrollar estrategias de cooperación.
El trabajo sugiere una posible ventaja de la poderosa capacidad memorística del ser humano: ha alimentado nuestra capacidad para cooperar como sociedad.
"En el pasado habíamos observado interacciones de dos jugadores para determinar las estrategias evolutivas más sólidas", dice Joshua B. Plotkin, profesor del Departamento de Biología, en Penn News, el diario de la universidad. "Nuestro nuevo análisis permite escenarios en los que los jugadores pueden reaccionar a los comportamientos y estrategias de varios jugadores a la vez. Nos da una imagen de un conjunto mucho más rico de interacciones sociales, Una imagen que es probable que sea más representativa de la complejidad de la conducta humana".
Plotkin colaboró con Alexander J. Stewart, entonces investigador postdoctoral y ahora investigador en el University College de Londres, en el trabajo, que se basa en años de estudio de la teoría de juegos.
En sus trabajos anteriores, utilizaron el escenario del dilema del prisionero iterado, en el que dos jugadores se enfrentan y pueden elegir entre cooperar o no, para entender qué circunstancias promueven el aumento de la generosidad frente al egoísmo.
Más complejo
En el nuevo artículo, agregaron dos niveles de complejidad. En primer lugar, utilizaron un escenario diferente, conocido como juego de los recursos públicos, que permite a los jugadores interactuar con más de un jugador a la vez. La configuración punto también permitía a los investigadores variar el número de jugadores en un juego determinado.
En el juego de los recursos públicos, un jugador puede aportar una cierta cantidad de un recurso personal a una reserva pública, que luego se divide por igual entre todos los jugadores. El mayor beneficio compartido se produce cuando todos los jugadores contribuyen generosamente, pero eso pone también a los jugadores generosos en riesgo de perder los recursos, en beneficio de los jugadores egoístas, un escenario tipo tragedia de los comunes.
El segundo nivel de complejidad añadida fue imbuir a los jugadores con la capacidad de tener buena memoria. Es decir, los jugadores pueden utilizar las acciones de sus rivales en las rondas anteriores del juego para decidir sus estrategias en rondas posteriores. Si un jugador se encontró en varias ocasiones a un jugador en el grupo que con frecuencia se comportó de manera egoísta, por ejemplo, pueden ser más propensos a "castigarl" reteniendo recursos en las rondas futuras.
Además, se permitió a las poblaciones de jugadores "evolucionar", de tal manera que los jugadores más exitosos, los que alcanzan mayores beneficios, son más propensos a pasar sus estrategias a la siguiente generación de jugadores.
Stewart y Plotkin encontraron que cuanto más jugadores había en el juego menos probable era que ganaran las estrategias de cooperación. En cambio, la mayoría de las estrategias sólidas en los grupos grandes favorecía a los egoístas.
"Esto tiene sentido intuitivo", dice Plotkin. "A medida que un grupo aumenta de tamaño, las perspectivas de una cooperación sostenida bajan. La tentación de desertar y convertirse en un gorrón sube".
Con memoria
Por el contrario, sus resultados mostraron que dar a los jugadores una memoria más larga, con la capacidad de recordar y basar sus decisiones en un máximo de 10 rondas previas, daba lugar a un mayor volumen relativo de estrategias de cooperación sólidas. Parte de la razón de esto, según los investigadores, era que los mayores recuerdos permitían a los jugadores desarrollar una gama más amplia de estrategias más matizadas, incluidas las que podían castigar a los individuos egoístas y garantizar que no tomaran el mando de la población.
En una última serie de experimentos, Stewart y Plotkin utilizaron simulaciones por ordenador que permitían evolucionar a la capacidad de memoria de los jugadores en paralelo a las propias estrategias. Encontraron que no sólo se veían favorecidas las memorias más largas, sino que la evolución de las mismas daba lugar a un aumento de la cooperación.
"Creo que un resultado fascinante de nuestro estudio", dice Stewart, "es que se puede obtener un conjunto de circunstancias en las que hay una especie de bucle de realimentación incontrolable. Los recuerdos más largos favorecen una mayor cooperación y una mayor cooperación promueve la buena memoria. Ese tipo de situación, en la que se pasa de un sistema más simple a uno que es más complejo, es un gran ejemplo de lo que hace la evolución, que conduce a una complejidad cada vez mayor".
Como paso siguiente, a Stewart y Plotkin les gustaría usar sujetos humanos para evaluar sus resultados matemáticos, y ver a qué prestan atención cuando juegan, si a sus propios beneficios o a los de sus oponentes.
Referencia bibliográfica:
Alexander J. Stewart, Joshua B. Plotkin: Small groups and long memories promote cooperation. Scientific Reports (2016). DOI: 10.1038/srep26889
Tomado de: http://www.tendencias21.net/La-cooperacion-emerge-en-grupos-pequenos-y-con-buena-memoria_a42717.html
29 de mayo de 2016
Describen un circuito neuronal para olvidar el miedo
Aislan en ratones un circuito cerebral que permite olvidar el miedo.
Stetka, Bret
El cerebro es muy eficiente advirtiendo de peligros. También para avisarnos de que la amenaza ha desaparecido. Sin embargo, en ocasiones este sistema falla y subsisten las asociaciones desagradables, deficiencia que, según se cree, subyace en el trastorno de estrés postraumático (TEP). Una nueva investigación publicada en Science Advances ha permitido identificar un circuito neuronal responsable de borrar los malos recuerdos. Este hallazgo podría contribuir al tratamiento de un amplio abanico de trastornos de ansiedad, entre ellos, el TEP.
En trabajos anteriores se ha venido considerando que son dos las regiones cerebrales que suscitan y regulan las respuestas de temor. La amígdala interviene en las reacciones emotivas y se activa cuando estamos asustados. La corteza prefrontal interviene si la amenaza resulta inofensiva. Muchos estudios implican a ambas áreas en los recuerdos relacionados con el miedo, pero debido a que se hallan conectadas a otras partes del cerebro, se ignoraba si para superar el miedo sería necesario que operasen de manera conjunta. El reciente estudio, dirigido por Andrew Holmes, del Instituto Nacional del Alcoholismo de Estados Unidos, confirma que para suprimir las asociaciones de temor se requiere una conexión operativa entre esas dos regiones cerebrales.
Los investigadores entrenaron a ratones para que temieran un sonido. Para ello, asociaron el ruido con una descarga eléctrica en las patas. Por lo general, si se expone a estos animales de nuevo al sonido, pero sin que sufran la descarga, llegan a aprender que el estímulo sonoro es inocuo, por lo que pierden el miedo. Mediante técnicas de optogenética, los científicos perturbaron la conexión entre la amígdala y la corteza prefrontal. Los autores observaron que al alterar esta conexión crítica se impedía que los ratones superasen la asociación negativa con el estímulo sonoro, a pesar de que era inocuo. En resumen, los ratones seguían temiéndolo aunque ya no sufrían descargas en las patas. También observaron lo contrario: la estimulación de ese circuito cerebral aceleraba la extinción de los recuerdos de temor.
Según explica Holmes, la amígdala y la corteza prefrontal constituyen dos grandes nodos de una compleja red de comunicaciones. Sin embargo, parece que en los casos en los que existe una deficiente extinción del miedo, como en el TEP, solo se encuentra dañada la conexión entre ambas regiones y no con los nodos centrales. En vista de este nuevo descubrimiento convendría buscar fármacos que actuasen sobre este concreto circuito de temor.
Fuente:
Science Advances, vol. 1, n.o 6, págs. 1-8, 2015
Tomado de: http://www.investigacionyciencia.es/revistas/mente-y-cerebro/numero/77/describen-un-circuito-neuronal-para-olvidar-el-miedo-14000?utm_source=boletin&utm_medium=email&utm_campaign=Psicolog%C3%ADa+y+neurociencias+-+Mayo
Stetka, Bret
El cerebro es muy eficiente advirtiendo de peligros. También para avisarnos de que la amenaza ha desaparecido. Sin embargo, en ocasiones este sistema falla y subsisten las asociaciones desagradables, deficiencia que, según se cree, subyace en el trastorno de estrés postraumático (TEP). Una nueva investigación publicada en Science Advances ha permitido identificar un circuito neuronal responsable de borrar los malos recuerdos. Este hallazgo podría contribuir al tratamiento de un amplio abanico de trastornos de ansiedad, entre ellos, el TEP.En trabajos anteriores se ha venido considerando que son dos las regiones cerebrales que suscitan y regulan las respuestas de temor. La amígdala interviene en las reacciones emotivas y se activa cuando estamos asustados. La corteza prefrontal interviene si la amenaza resulta inofensiva. Muchos estudios implican a ambas áreas en los recuerdos relacionados con el miedo, pero debido a que se hallan conectadas a otras partes del cerebro, se ignoraba si para superar el miedo sería necesario que operasen de manera conjunta. El reciente estudio, dirigido por Andrew Holmes, del Instituto Nacional del Alcoholismo de Estados Unidos, confirma que para suprimir las asociaciones de temor se requiere una conexión operativa entre esas dos regiones cerebrales.
Los investigadores entrenaron a ratones para que temieran un sonido. Para ello, asociaron el ruido con una descarga eléctrica en las patas. Por lo general, si se expone a estos animales de nuevo al sonido, pero sin que sufran la descarga, llegan a aprender que el estímulo sonoro es inocuo, por lo que pierden el miedo. Mediante técnicas de optogenética, los científicos perturbaron la conexión entre la amígdala y la corteza prefrontal. Los autores observaron que al alterar esta conexión crítica se impedía que los ratones superasen la asociación negativa con el estímulo sonoro, a pesar de que era inocuo. En resumen, los ratones seguían temiéndolo aunque ya no sufrían descargas en las patas. También observaron lo contrario: la estimulación de ese circuito cerebral aceleraba la extinción de los recuerdos de temor.
Según explica Holmes, la amígdala y la corteza prefrontal constituyen dos grandes nodos de una compleja red de comunicaciones. Sin embargo, parece que en los casos en los que existe una deficiente extinción del miedo, como en el TEP, solo se encuentra dañada la conexión entre ambas regiones y no con los nodos centrales. En vista de este nuevo descubrimiento convendría buscar fármacos que actuasen sobre este concreto circuito de temor.
Fuente:
Science Advances, vol. 1, n.o 6, págs. 1-8, 2015
Tomado de: http://www.investigacionyciencia.es/revistas/mente-y-cerebro/numero/77/describen-un-circuito-neuronal-para-olvidar-el-miedo-14000?utm_source=boletin&utm_medium=email&utm_campaign=Psicolog%C3%ADa+y+neurociencias+-+Mayo
12 de abril de 2016
De la antimateria a la antimemoria: Nueva teoría sobre la formación de recuerdos
Durante el aprendizaje, por cada huella neuronal que se forma en el cerebro existiría otra ‘huella especular’
Investigadores de la Universidad de Oxford y del University College London (UCL) proponen una nueva teoría sobre la formación de recuerdos: la existencia de antimemorias o huellas de actividad eléctrica neuronal opuestas a las huellas que provoca el aprendizaje. La finalidad de estas antimemorias es mantener el equilibrio de la actividad eléctrica del cerebro, afirman los científicos. Las primeras pruebas realizadas al respecto con humanos parece que les dan la razón.
Por Yaiza Martínez.
Cuando vivimos cualquier experiencia (vemos un objeto, aprendemos a conducir, nos llevamos un susto), en nuestro cerebro se forma una “traza neuronal” o circuito neuronal exclusivo de dicha experiencia; una “huella” cerebral única que constituye ‘una memoria’ de esa experiencia. En principio, así se forman los recuerdos en nuestro cerebro.
Por ahora, se sabe que este proceso puede dar lugar a varios tipos de memoria (a corto o largo plazo), que en cierta manera está relacionado con las emociones; y además que tiene una sorprendente materialidad intrínseca (por ejemplo, se ha logrado grabar la producción de proteínas en las conexiones neuronales o sinapsis en el momento de la creación de un recuerdo).
Por otra parte, está la antimateria. No parece que tenga mucho que ver con los recuerdos, pero enseguida entenderemos la relación. En física, se denomina antimateria a una forma de materia constituida por antipartículas, esto es, por partículas como las de la materia corriente, pero con carga opuesta.
Así que la antimateria es como una “imagen espejo” de la materia: En lugar de electrones, tiene antielectrones o positrones (electrones con carga positiva); y en lugar de protones, tiene antiprotones, que son protones con carga negativa.
El hallazgo de la antimateria fue uno de los descubrimientos más interesantes de la física del siglo pasado, pues aumentó nuestra comprensión del universo y de las leyes de la física. Según los científicos, en el origen del universo existían materia y antimateria en iguales proporciones, aunque luego la materia “triunfó” sobre la antimateria por causas aún no del todo aclaradas, y eso ha hecho posible, entre otras cosas, que hoy estemos aquí escribiendo-leyendo este artículo.
La antimemoria equilibra el cerebro
Pues bien, ahora se está proponiendo una explicación para la memoria muy cercana al concepto de antimateria: investigadores de la Universidad de Oxford y del University College London (UCL) señalan que existe la antimemoria, es decir, que cuando se crean nuevas conexiones entre neuronas (en la formación de un recuerdo), al mismo tiempo se genera un patrón de actividad eléctrica neuronal exactamente opuesto a esa ‘traza neuronal’ nueva.
Los científicos creen que, de esta forma, mediante la ‘antimemoria’, el cerebro mantiene el equilibrio de su actividad eléctrica general. Esta teoría viene respaldada por investigaciones realizadas con ratas y ratones y con modelos matemáticos, informa The Conversation.
Como hemos dicho, cuando aprendemos algo, aumentan las conexiones entre las neuronas (aumento de la excitación). A pesar de ello, los niveles de actividad eléctrica cerebrales se mantienen normalmente fina y delicadamente equilibrados. Esto es necesario para la salud del cerebro, pues las alteraciones en ese equilibrio eléctrico están relacionadas con trastornos cognitivos como el autismo o la esquizofrenia.
Los científicos creen, por tanto, que la formación de antimemorias es un segundo proceso cerebral vinculado al aprendizaje, cuyo papel es reequilibrar la excitación neuronal y mantener todo el sistema bajo control. Así, del mismo modo que hay materia y antimateria, existiría una antimemoria para cada recuerdo, que inhibiría una excesiva actividad eléctrica cerebral; aunque sin borrar el nuevo recuerdo.
Destapando el recuerdo inhibido
Las evidencias sobre la existencia de antimemorias hasta ahora solo nos habían llegado de experimentos con animales, en los que se grabó directamente el interior del cerebro de estos con electrodos. Como este tipo de experimentos no puede hacerse con humanos, hasta la fecha no existían pruebas de antimemoria en nuestra especie.
Pero los investigadores de Oxford y UCL han ideado un ingenioso método para determinar si la memoria humana funciona de esta forma. Lo explican en un artículo recientemente publicado en la revista Neuron,
Ellos ya han probado este método: pidieron a una serie de personas que aprendieran una tarea para crear en ellas un nuevo recuerdo. Unas horas después de este aprendizaje, exploraron los cerebros de dichas personas usando una tecnología poco invasiva: la resonancia magnética funcional.
Entonces no hallaron ningún rastro (eléctrico) de la formación del recuerdo, pues la antimemoria ya había hecho su efecto. Después aplicaron un flujo débil de electricidad en el área del cerebro donde se había formado la memoria y la antimemoria (para esto usaron otra técnica segura llamada 'Estimulación de Corriente Directa Transcraneal'), que les permitió reducir la actividad cerebral inhibitoria en esta área -interrumpir la antimemoria inhibitoria-.
Esto reveló la ‘huella’ de actividad eléctrica neuronal correspondiente al recuerdo oculto. En otras palabras, reducir la antimemoria permitió hacer resurgir la huella del recuerdo, inhibido en primer lugar por dicha antimemoria.
Implicaciones
Así que parece que en los seres humanos, como en los animales, las antimemorias también resultan críticas para evitar una potencialmente peligrosa acumulación de excitación eléctrica en el cerebro.
Se cree además que las antimemorias podrían desempeñar un papel importante en la detención de la activación espontánea de recuerdos que subyace a la confusión y a ciertos problemas mentales graves.
En última instancia, según han señalado algunos medios, el descubrimiento de antimemorias podría ser tan importante para la neurología como lo fue para la física el pasado siglo el descubrimiento de la antimateria. El tiempo lo dirá.
Tomado de: http://www.tendencias21.net/De-la-antimateria-a-la-antimemoria-Nueva-teoria-sobre-la-formacion-de-recuerdos_a42377.html
H.C. Barron. , T.P. Vogels, U.E. Emir, T.R. Makin, J. O’Shea, S. Clare, S. Jbabdi, R.J. Dolan, T.E.J. Behrens. Unmasking Latent Inhibitory Connections in Human Cortex to Reveal Dormant Cortical Memories. Neuron (2016). DOI: 10.1016/j.neuron.2016.02.031.
Investigadores de la Universidad de Oxford y del University College London (UCL) proponen una nueva teoría sobre la formación de recuerdos: la existencia de antimemorias o huellas de actividad eléctrica neuronal opuestas a las huellas que provoca el aprendizaje. La finalidad de estas antimemorias es mantener el equilibrio de la actividad eléctrica del cerebro, afirman los científicos. Las primeras pruebas realizadas al respecto con humanos parece que les dan la razón.
Por Yaiza Martínez.
Cuando vivimos cualquier experiencia (vemos un objeto, aprendemos a conducir, nos llevamos un susto), en nuestro cerebro se forma una “traza neuronal” o circuito neuronal exclusivo de dicha experiencia; una “huella” cerebral única que constituye ‘una memoria’ de esa experiencia. En principio, así se forman los recuerdos en nuestro cerebro.
Por ahora, se sabe que este proceso puede dar lugar a varios tipos de memoria (a corto o largo plazo), que en cierta manera está relacionado con las emociones; y además que tiene una sorprendente materialidad intrínseca (por ejemplo, se ha logrado grabar la producción de proteínas en las conexiones neuronales o sinapsis en el momento de la creación de un recuerdo).
Por otra parte, está la antimateria. No parece que tenga mucho que ver con los recuerdos, pero enseguida entenderemos la relación. En física, se denomina antimateria a una forma de materia constituida por antipartículas, esto es, por partículas como las de la materia corriente, pero con carga opuesta.
Así que la antimateria es como una “imagen espejo” de la materia: En lugar de electrones, tiene antielectrones o positrones (electrones con carga positiva); y en lugar de protones, tiene antiprotones, que son protones con carga negativa.
El hallazgo de la antimateria fue uno de los descubrimientos más interesantes de la física del siglo pasado, pues aumentó nuestra comprensión del universo y de las leyes de la física. Según los científicos, en el origen del universo existían materia y antimateria en iguales proporciones, aunque luego la materia “triunfó” sobre la antimateria por causas aún no del todo aclaradas, y eso ha hecho posible, entre otras cosas, que hoy estemos aquí escribiendo-leyendo este artículo.
La antimemoria equilibra el cerebro
Pues bien, ahora se está proponiendo una explicación para la memoria muy cercana al concepto de antimateria: investigadores de la Universidad de Oxford y del University College London (UCL) señalan que existe la antimemoria, es decir, que cuando se crean nuevas conexiones entre neuronas (en la formación de un recuerdo), al mismo tiempo se genera un patrón de actividad eléctrica neuronal exactamente opuesto a esa ‘traza neuronal’ nueva.
Los científicos creen que, de esta forma, mediante la ‘antimemoria’, el cerebro mantiene el equilibrio de su actividad eléctrica general. Esta teoría viene respaldada por investigaciones realizadas con ratas y ratones y con modelos matemáticos, informa The Conversation.
Como hemos dicho, cuando aprendemos algo, aumentan las conexiones entre las neuronas (aumento de la excitación). A pesar de ello, los niveles de actividad eléctrica cerebrales se mantienen normalmente fina y delicadamente equilibrados. Esto es necesario para la salud del cerebro, pues las alteraciones en ese equilibrio eléctrico están relacionadas con trastornos cognitivos como el autismo o la esquizofrenia.
Los científicos creen, por tanto, que la formación de antimemorias es un segundo proceso cerebral vinculado al aprendizaje, cuyo papel es reequilibrar la excitación neuronal y mantener todo el sistema bajo control. Así, del mismo modo que hay materia y antimateria, existiría una antimemoria para cada recuerdo, que inhibiría una excesiva actividad eléctrica cerebral; aunque sin borrar el nuevo recuerdo.
Destapando el recuerdo inhibido
Las evidencias sobre la existencia de antimemorias hasta ahora solo nos habían llegado de experimentos con animales, en los que se grabó directamente el interior del cerebro de estos con electrodos. Como este tipo de experimentos no puede hacerse con humanos, hasta la fecha no existían pruebas de antimemoria en nuestra especie.
Pero los investigadores de Oxford y UCL han ideado un ingenioso método para determinar si la memoria humana funciona de esta forma. Lo explican en un artículo recientemente publicado en la revista Neuron,
Ellos ya han probado este método: pidieron a una serie de personas que aprendieran una tarea para crear en ellas un nuevo recuerdo. Unas horas después de este aprendizaje, exploraron los cerebros de dichas personas usando una tecnología poco invasiva: la resonancia magnética funcional.
Entonces no hallaron ningún rastro (eléctrico) de la formación del recuerdo, pues la antimemoria ya había hecho su efecto. Después aplicaron un flujo débil de electricidad en el área del cerebro donde se había formado la memoria y la antimemoria (para esto usaron otra técnica segura llamada 'Estimulación de Corriente Directa Transcraneal'), que les permitió reducir la actividad cerebral inhibitoria en esta área -interrumpir la antimemoria inhibitoria-.
Esto reveló la ‘huella’ de actividad eléctrica neuronal correspondiente al recuerdo oculto. En otras palabras, reducir la antimemoria permitió hacer resurgir la huella del recuerdo, inhibido en primer lugar por dicha antimemoria.
Implicaciones
Así que parece que en los seres humanos, como en los animales, las antimemorias también resultan críticas para evitar una potencialmente peligrosa acumulación de excitación eléctrica en el cerebro.
Se cree además que las antimemorias podrían desempeñar un papel importante en la detención de la activación espontánea de recuerdos que subyace a la confusión y a ciertos problemas mentales graves.
En última instancia, según han señalado algunos medios, el descubrimiento de antimemorias podría ser tan importante para la neurología como lo fue para la física el pasado siglo el descubrimiento de la antimateria. El tiempo lo dirá.
Tomado de: http://www.tendencias21.net/De-la-antimateria-a-la-antimemoria-Nueva-teoria-sobre-la-formacion-de-recuerdos_a42377.html
H.C. Barron. , T.P. Vogels, U.E. Emir, T.R. Makin, J. O’Shea, S. Clare, S. Jbabdi, R.J. Dolan, T.E.J. Behrens. Unmasking Latent Inhibitory Connections in Human Cortex to Reveal Dormant Cortical Memories. Neuron (2016). DOI: 10.1016/j.neuron.2016.02.031.
17 de febrero de 2016
¿Es el alzhéimer una enfermedad de la memoria?
Por Ignacio Morgado BernalEl alzhéimer es un trastorno neurodegenerativo que puede acabar afectando a todo el cerebro, aunque, por razones todavía no conocidas, suele empezar afectando a las neuronas de partes del mismo, como el hipocampo, implicadas en la memoria y por eso ha ganado la reputación que le caracteriza.
Cada vez olvido más dónde he puesto las llaves. Abro el frigorífico y no recuerdo que es lo que voy a buscar en él. ¿Qué me pasa? Las anteriores son frases y preguntas que oigo a veces en boca de algunos amigos de cierta edad, sabedores ellos de mi particular dedicación a la ciencia del cerebro y la memoria. Lo que en realidad preguntan, sin atreverse a hacerlo directamente, es si pueden estar empezando a tener alzhéimer, una enfermedad que la mayoría de las personas consideran como propia del la memoria. Para tranquilizarles me suelo reír cariñosamente de ellos diciéndoles que no me consulten cuando pierdan las llaves, sino cuando las tengan en la mano y no sepan para qué sirven.
Es cierto que mientras que la neurociencia no tenga más claro el origen de la enfermedad de Alzheimer y cómo evitarla no podemos negar que todos estamos expuestos a ella, es decir, cualquiera de nosotros puede acabar teniéndola. Pero el alzhéimer no es una enfermedad de la memoria. El alzhéimer es una enfermedad neurodegenerativa que puede acabar afectando a todas las neuronas del cerebro, aunque, por razones todavía no conocidas, suele empezar afectando a las neuronas de partes del mismo, como el hipocampo, implicadas en la memoria y por eso ha ganado la reputación que le caracteriza.
Desafortunadamente, la enfermedad no se queda ahí, en la memoria, pues puede acabar afectando progresivamente al movimiento, las emociones o el razonamiento de las personas que la padecen. El paciente puede acabar no conociendo a las demás personas y ni siquiera a sí mismo, lo que quizá suponga eventualmente una ventaja para evitar o reducir su sufrimiento. Los familiares del enfermo son casi siempre quienes peor lo pasan, por lo que a ellos, a esos familiares y su estado, hay que prestarles también una especial atención. Todo eso es la triste verdad, pero, por lo que comento a continuación, tampoco debemos preocuparnos más de la cuenta cuando al hacernos mayores empezamos a perder la capacidad de recordar.
Todas las personas al llegar a cierta edad vamos a sufrir un deterioro de la memoria, una pérdida de capacidad para almacenar información, y eso es algo tan natural como perder fuerza muscular o capacidades sensoriales cuando envejecemos. La mayoría de las pérdidas de memoria de quienes tienen la fortuna de alcanzar una cierta edad son además superables mediante una buena y variada cantidad de recursos, como agendas, notas, despertadores y alarmas, avisos de familiares o amigos, etc, además de los esfuerzos mentales especiales que incluso los mayores pueden hacer cuando están muy interesados en que alguna cosa importante para ellos no se les olvide. Las personas mayores olvidan mucho, pero no todo. Algunas cosas que son muy importantes para ellos no suelen olvidarlas, como darles de comer a su gato, por poner un ejemplo trivial pero indicador de que la capacidad de memorizar no se pierde completamente. En general, las rutinas, es decir, lo habitual, se olvida menos que lo que es más accidental o coyuntural.
Ocurre además que muchas cosas que olvidamos con frecuencia más que un olvido propiamente dicho son sólo una incapacidad para acceder a la información pretendida, y prueba de ello es que lo que olvidamos en un momento dado podemos recordarlo más tarde, cuando cambiamos de lugar o de estado mental. Le ocurre mucho a los mayores, y ese recuerdo posterior es buena prueba de que no han entrado en un proceso de deterioro cerebral importante. El alzhéimer es una enfermedad basada en alteraciones de la química cerebral que pueden tener su origen en los genes, en exposiciones a ciertos agentes ambientales o en combinaciones de ambos, por lo que podemos estar bastante seguros de que, tarde o temprano, la neurociencia va a descubrir los secretos que permitan prevenir o incluso curar tan amenazante enfermedad. Es por ello que puede resultar absurdo pasarnos media vida preocupados por cosas que nunca van a suceder.
Para saber más: Morgado, I. (2014) Aprender, recordar y olvidar: Claves cerebrales de la memoria y la educación. Barcelona: Ariel
Tomado de: http://www.investigacionyciencia.es/blogs/psicologia-y-neurociencia/37/posts/es-el-alzhimer-una-enfermedad-de-la-memoria-13796
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